La multiventana: análisis de “La ventana indiscreta (1954)”

 

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“Cada hogar es un mundo secreto y privado. La gente hace muchas cosas en privado que no podría explicar en público.”
— La ventana indiscreta

Hitchcock nos trajo en 1954 la historia de un fotógrafo incapacitado en casa que decide espiar desde su ventana el plan de un asesino y acaba por ponerse en peligro. Si bien la trama principal de este filme se sostiene por las constantes deducciones que hacen Stewart y Kelly desde su apartamento como detectives casuales, esta mejora con la sinergia de relatos que se observan en las respectivas ventanas de cada vecino. Estos relatos avivan el ritmo de la película y dan una sensación de simultaneidad difícilmente vista en Hitchcock. El gran decorado de La ventana indiscreta siempre está vivo profiriendo un punto de vista detallado y holístico sobre el entorno; sus habitantes llenan el espacio desde la lejanía, desde la joven bailarina con un gran amor por comer y ser feliz, hasta al compositor que aclara sus ideas mientras barre y además llena el barrio de música.

No cabe duda de la fluidez lograda en el filme combinando satisfactoriamente la trama amorosa (inspirada en el romance de Ingrid Bergman y Robert Capa) con la trama detectivesca y también combinando la intervención de los personajes de apoyo, para tener su apogeo en unas últimas escenas con mucha tensión y suspense. La ambientación musical y efectos diegéticos potencian el tono de las escenas de manera ingeniosa. En consecuencia, no hay ningún momento en que se eche de menos más música.

Se trata adicionalmente de una película con potenciales reflexiones sobre el medio comunicativo. Concretamente, la fotografía es el arte del encuadre. Así encuadrando el fotógrafo expone una realidad y la muestra a otros, que adquieren una distancia mayor con el sujeto al ver la acción desde fuera. No sorprende que Stewart y compañía acaban todos siendo mirones convencidos de que aquello que comentan y critican es totalmente ajeno a ellos. El distanciamiento que supone mirar a través de una ventana vuelve aceptable espiar la vida privada de los demás con la falsa idea de que no se le percibe, o que no está interviniendo. La ventana, los prismáticos y la cámara, son “encuadres” que nos abren mundos desconocidos a la vez que nos “alejan” de ellos.

Por desgracia Hitchcock simula el encuadre de la cámara del fotógrafo con una viñeta redonda, cuando si bien la imagen que recibe un teleobjetivo es circular, el visor la recorta en rectangular, y en consecuencia se resta credibilidad a esos valiosos planos para los que hayan sostenido una cámara.

Esta narrativa multiventana, con distintos focos de acción, le añade capas a la historia. Le añade una capa de intimidad, cuando la señora Miss Lonely Heart ensaya una cena romántica sola en su casa. Ella no sabe que la están observando, y eso hace que lo que veamos sea más conmovedor y sincero que si no lo viéramos recortado por una ventana. Le añade un cariz extra de suspense cuando Kelly entra a solas en la casa del asesino, sin ver que este ya está volviendo. La escena nos pone  en el punto de vista del fotógrafo, que observa impotentemente como su chica se mete en las fauces del lobo sin poder avisarla, algo así como lo que veremos iterativamente en las películas de terror: “¡no vayas por ahí!”. Todo ello hace de La Ventana Indiscreta una película muy consistente respecto a lo que quiere contar y cómo lo cuenta. Es de lo mejor de Hitchcock.

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