Sobre el cine comestible

¿Una peli de mal gusto? Es imposible caer en esta definición cuando se va una sesión de cine comestible. El Electric cinema en Shoreditch, Londres, al igual que otro en Nothing Hill, ofrecen menús de degustación basados en las películas proyectadas. Cuando el espectador ve un número en la esquina de la pantalla, quiere decir que deberá probar aquello que haya en la cajita numerada concorde a la escena. Por poner un ejemplo, en la proyección de ¡Olvídate de mí! cuando Jim Carrey vuelve a su infancia a través de su memoriaEdible cinema nos invita a comernos una “Crayola medio horneada”, que es, precisamente, una cera hecha de fondant. Por fin puedes saber a qué sabían las tortitas que tomaba Sally cuando estalló en un orgasmo en Cuando Harry Conoció a Sally. “Tomaré lo mismo que ella” dice la snob sentada en su butaca.

En la página del cine se listan 12 menús para ejemplificar unas cuantas sesiones, pero pasan muchas más películas, a menudo como evento único, desde La Gran Belleza hasta Brazil de Terry Gilliam pasando por Wreck-it-Ralph. La entrada para Charlie y la Fábrica de Chocolate costaba 37 libras.

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Hay que celebrar que un proyecto así sea sostenible. No se puede negar que es una nueva experiencia para ver el cine, aunque algunos lo calificarían más de gastronomía o evento social. Efectivamente, cuando el EC hace su propia versión del zumo de mandrágora para El laberinto del fauno o nos ofrece palomitas de sabores, se puede ver que el menú és una interpretación libre: a veces solo se tomará en cuenta la forma sugerida, como en el caso de la crayola, el concepto (reproducir el orgasmo de Sally) o incluso solo se tomará el canapé de diseño porque alguien dice su nombre.

Para EC el cine es un buen respaldo para inspirar y presentar delicatessen, aunque su filosofía hace dificil acercar el cine a la herramienta de lo comestible. Su cocina es indulgente y hace siempre que el público se sienta cómodo: los platos tienden a lo dulzón y a los combinados de ginebra (cuya marca es la patrocinadora). Así se hace más desafiante trasladar a comestible argumentos como La lista de Schindler sin abusar de la segunda. El público acabaría muy achispado. ¡O imagínese usted comerse el final de Pink Flamingos! No quiero ni pensarlo.

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“Oye, pues si hacen una de caníbales yo me apunto.”

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