Polyester y el fantástico Odorama

John Waters creó Polyester en 1981, una película en la que hizo ensayo de traer una experiencia diferente e inmersiva, no a través de la estereoscopía ni nada parecido, si no a través de Odorama. Este experimento consistía en una targeta (de tamaño bingo) con diez zonas que se deben rascar para que desprendan olor. El odorama quería trasladar lo que se veía en la pelicula directamente al olfato del espectador. Cuando un número parpadea en la esquina de la pantalla es el momento de olfatear la muestra de fragáncia asociada. Este sistema es reconocido actualmente en los edible cinemas, usando el mismo esquema de diez pero centrándose en el gusto en vez de el olfato.

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Si algo me gusta de Polyester, es que una vez empiezas a verla entras a merced de lo que odorama quiera enseñarte. Y la película juega con eso. No sabes con qué te vas a encontrar. A veces el olor es el indicio de algo que aún no hemos visto, o algo inesperado. Algunos olores son agresivos. Pero una virtud de Polyester es que da la oportunidad de enfrentarnos con olores (o hedores) en un contexto seguro, siempre teniendo la opción de saltarnos las normas y no oler. De cualquier modo, el espectador se verá arrastrado a hacerlo por curiosidad, por morbo. Entre ellos (*spoiler*) cuál es el infame olor de las mofetas o nos darán a oler droga.(*/Spoiler*).

Explorar el cine olfativo necesitaba ser algo que transgrediera, aún más en manos de Waters; oler la madera vieja de La casa de la Pradera  y los mil hierbajos que la orbitan sería aburrido; para historias perfumadas ya tenemos los libros de Gerónimo Stillton. “Algunas cosas en la vida, simplemente apestan”, que diría la película. Polyester en ese sentido es muy granjua, siguiendo por ser muy divertida y acesible al público respecto a las películas más controvertidas de Waters.

En el papel de protagonista, encontramos a Divine, que sabe hacer el papel de ama de casa mejor que cualquier mujer. Su personaje, Francine, está dotado de un gran olfato y olisquea todo lo que hay a su alrededor. Es una renegada ama de casa que ve su familia resquebrajarse en sus manos: sus dos hijos estan totalmente desmadrados, y su marido le es infiel abiertamente. La hija adolescente ha descubierto el sexo en malas compañías y vive en un contínuo zorreo incluso en casa, mientras que el chico es secretamente un delincuente buscado. Otro papel divertido es el de la antigua empleada del hogar, una mujer fea, poco avispada y parsimoniosa que se ha vuelto rica de un día para otro gracias a una herencia. La fregona Cuddles es la mejor amiga de Francine. Su sonrisa desdentada y el mal acting la hacen un personaje inocente y simpático. Por lo demás, la família de Francine resulta desestructurada e ingobernable. Solo tiene que salir cinco minutos de casa para que cuando vuelva se haya armado la de Troya.

La comedia es muy descabellada, pero la actuación a veces es tan poco creíble que acompaña la exageración del guión. Sumándole además el odorama… Es una peli petarda, petarda.

Lo mejor: Divine y reír a carcajadas.

Lo peor: Nada. Si me apuras, algún personaje sobra más que otro.

Nota: 9. Muy, muy entretenida.

LadyBlood, ésta va por tí.

 

 

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Sobre el cine comestible

¿Una peli de mal gusto? Es imposible caer en esta definición cuando se va una sesión de cine comestible. El Electric cinema en Shoreditch, Londres, al igual que otro en Nothing Hill, ofrecen menús de degustación basados en las películas proyectadas. Cuando el espectador ve un número en la esquina de la pantalla, quiere decir que deberá probar aquello que haya en la cajita numerada concorde a la escena. Por poner un ejemplo, en la proyección de ¡Olvídate de mí! cuando Jim Carrey vuelve a su infancia a través de su memoriaEdible cinema nos invita a comernos una “Crayola medio horneada”, que es, precisamente, una cera hecha de fondant. Por fin puedes saber a qué sabían las tortitas que tomaba Sally cuando estalló en un orgasmo en Cuando Harry Conoció a Sally. “Tomaré lo mismo que ella” dice la snob sentada en su butaca.

En la página del cine se listan 12 menús para ejemplificar unas cuantas sesiones, pero pasan muchas más películas, a menudo como evento único, desde La Gran Belleza hasta Brazil de Terry Gilliam pasando por Wreck-it-Ralph. La entrada para Charlie y la Fábrica de Chocolate costaba 37 libras.

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Hay que celebrar que un proyecto así sea sostenible. No se puede negar que es una nueva experiencia para ver el cine, aunque algunos lo calificarían más de gastronomía o evento social. Efectivamente, cuando el EC hace su propia versión del zumo de mandrágora para El laberinto del fauno o nos ofrece palomitas de sabores, se puede ver que el menú és una interpretación libre: a veces solo se tomará en cuenta la forma sugerida, como en el caso de la crayola, el concepto (reproducir el orgasmo de Sally) o incluso solo se tomará el canapé de diseño porque alguien dice su nombre.

Para EC el cine es un buen respaldo para inspirar y presentar delicatessen, aunque su filosofía hace dificil acercar el cine a la herramienta de lo comestible. Su cocina es indulgente y hace siempre que el público se sienta cómodo: los platos tienden a lo dulzón y a los combinados de ginebra (cuya marca es la patrocinadora). Así se hace más desafiante trasladar a comestible argumentos como La lista de Schindler sin abusar de la segunda. El público acabaría muy achispado. ¡O imagínese usted comerse el final de Pink Flamingos! No quiero ni pensarlo.

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“Oye, pues si hacen una de caníbales yo me apunto.”