‘Laurence Anyways (2012)’: la lucha por la propia identidad

Mientras que su ópera prima tenía el valor de darle una arrancada fuerte mostrando una gran necesidad de contar lo narrado; y mientras los amores imaginarios fueron un primer campo de pruebas estético; Laurence Anyways es la pelicula que finalmente sublima una historia con mucha fuerza a la par que logra una estética cuidada y consecuente.

Laurence es un hombre que en su trentena decide por fin declararse transexual. Una revelación como esta, a estas alturas de su vida, y llevando nueve años con su novia, supone un choque para todos, y mostrar una valentía de hierro por parte del protagonista. Resulta incluso sorprendente para el espectador que ve un cambio de la noche a la mañana. Esta es la historia de como él y su novia sobrevienen las dificultades ante la nueva situación y de como la misma causa estragos en la vida de pareja.

Las actuaciones de Melvil Poupaud y Suzanne Clément no tienen desperdicio, desde la evolución del Laurence en su nueva feminidad a las crisis emocionales de su novia Fred. Nos aportan, entre uno y el otro, diálogos muy intensos. Por supuesto no falta el cameo de Anne Dorval.

Dolan aborda el guión con imaginación, con caracterizaciones y detalles que sorprende ver en él. Se trata, reitero, de un salto calitativo notable en la filmografía del director. Presenta a la vez un gran interés por el color, esta vez con más acierto que en Los amores imaginarios: abandonamos los colores puros y estridentes por una mayor preponderancia colores pastel, unos y otros se alternan en la escenografía y en la iluminación. El vestuario se rige del mismo modo, un vestuario de hombreras y camisas a lo más noventero, pero con la exageración de una película de Almodóvar. El visual Kirtch de la película recuerda en más de una ocasión al trabajo de David LaChapelle.

Falta destacar el ritmo. Mientras que la película es muy larga, de dos horas y media, no solo consigue mantener el interés sino que controla los tiempos internos de cada escena. En definitiva, Dolan finalmente ha dado en el clavo. Larga vida a Dolan.

8,75/10.

 

 

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‘J’Ai Tué Ma Mére (2009)’: esa madre es como la mía

J’Ai Tué Ma Mére (2009) se sentía como un grito en la oscuridad. Era la película de un Dolan adolescente esperando a decir lo que se había callado en años. Habiendo escrito el guión con dieciséis, lo trajo a la pantalla a los diecinueve. Precoz, lúcido, polifacético. Si algo admirable tiene esta peli, es que sea la voz propia del director. La historia personal es un motor catártico para las historias. Y verla me hizo entender como los adolescentes homosexuales conectaban con ella, no solo por la orientación del cineasta.

Al visionarla, por supuesto, también me convencí de algo muy importante: uno no tiene que cargar a sus espaldas toda la historia del cine para hacer una película. Nunca hay que querer estar a la altura de este o aquel otro. Para hacer cine, solo necesitas una historia que contar y la valentía suficiente para contarla. Dolan fue impávido más que nadie y quiso protagonizar su propia película.

Años más tarde, esa película llega a la casa de un servidor en DVD,  y las luces se apagan, y la abuela se sienta en la butaca, la madre en el sofá, mientras yo elijo el suelo.

Este Dolan, inmaduro y jai-tue-ma-mere-770288lgritón pone de los nervios y te amartilla el cerebro, y a los adultos no les provoca más que compadecerse. Es un niño mimado y de humor cambiante que no acepta a su madre -dice la abuela-, a la que, por extravagante que sea, le debe su vida. El film se reduce a una historia de tamaño doméstico que se limita a las rencillas entre una madre hortera y un hijo con demasiadas ganas de emanciparse.

Con todo saca un estilo propio a partir de poco -añado-,  consigue buenas frases y los monólogos  son antológicos, como lo es la remarcable escena visual y provocativa en la que el y su novio pintan a lo Jackson Pollock.

Ese niño no resultaba gritón para mis amigos, es más, diría que la película representaba la rabieta que siempre hubieran querido tener con sus madres y nunca tuvieron. Cabe decir, que la madre del protagonista tiene algo de exagerado, con sus rutinas caseras y su pésimo sentido del gusto, además que para Hubert (aka. Dolan) es una madre terrible y no reacciona bien al criticismo.

 Yo Maté a Mi Madre nos muestra las pulsaciones de acercamiento y distanciamiento de dos desconocidos. Los giros entre amor y odio se producen de manera tan repentina que no te los esperas. La orientación sexual del protagonista parece jugar un papel importante, pues mientras que tener un novio crea que es algo que le concierne solo a él, ella quiere que se abra y confíe en ella para esas cosas. Es así como la madre lo trata bien o tiene detalles con él esperando tener su gratitud y ganarse así el derecho a ser su confidente, pero para Hubert no es más que una estrategia para manipularle y intentar ponerle a su servicio, cuando Hubert no ha pedido nunca ninguno de estos favores. En cuanto a Hubert, odia a su madre por su manera de ser y por falta de entendimiento, pero a su alrededor siempre hay algo que le hace pensar en su relación y desear que sane. Hubert debe acopiar con sus contradicciones internas frente al amor hacia a su madre, unos sentimientos de los que extrae un gran potencial artístico.

Sabe justificar el batiburrillo doméstico con un guión consistente… Hasta la hora de metraje, dónde cambiar de escenario puede hace que se alargue, introduciendo escenas tan gratuitas como una paliza a Dolan, cuando, aunque tímido, nunca se había mostrado víctima de su homosexualidad (¿o quizás lo que quería era mostrarse frío frente a las agresiones?).

Lo mejor: la actuación de Dolan, y el universo que crea alrededor de su propia experiencia.

Lo peor: Necesitas empatizar con una de las partes si vas a querer disfrutarla.

Nota: 8.